Ademuz y sus silencios

Hay lugares que no se dejan conocer deprisa. Ademuz es uno de ellos.
Para quien llega por primera vez, lo primero que aparece es la montaña, las casas levantadas unas sobre otras, las calles que suben y bajan y esa sensación de que aquí el espacio siempre ha sido algo que había que ganar a la ladera. Las casas crecieron hacia arriba porque la tierra buena estaba abajo, junto al río y a la huerta. Pero hay otra forma de conocer Ademuz. Quizá más lenta. Consiste en caminar sin buscar nada concreto y dejar que sean las calles las que vayan apareciendo.

Desde la plaza de la Iglesia, se abre el paso hacia la antigua villa medieval a través del Portal de San Vicente. No hay aquí ostentación de castillo ni artificio turístico: es una entrada adintelada, austera, con gruesos muros de mampostería que resisten como la única muestra viva de lo que un día fueron las murallas del municipio.
Me gusta detenerme bajo ese arco. Si te fijas bien, en la piedra desnuda aún se conservan las hendiduras labradas donde antaño encajaban las hojas de madera de la puerta, pensadas para cerrarse al caer la noche. Sobre el pasadizo, la imagen de San Vicente Ferrer en cerámica valenciana contempla en silencio a quienes cruzan hacia la plaza, iluminada de pronto por la luz de la tarde.
No es un lugar espectacular en el sentido en que hoy entendemos lo espectacular. No hay nada que fotografiar con la urgencia del turista de paso. Precisamente por eso merece la pena quedarse un momento bajo la sombra del portal.
Cuando uno permanece quieto, empieza a escuchar. Una puerta de madera que se cierra. Unas pisadas sobre la piedra lisa. El rumor del agua que baja desde algún rincón alto. El viento colándose entre los tejados. Y, a veces, nada. Pero ese nada tampoco está vacío.
Hay pueblos que conservan su pasado en los grandes monumentos. Otros lo hacen en los museos, en las fotografías o en las vitrinas. En Ademuz tengo la sensación de que una parte importante de la memoria permanece atrapada en las propias piedras. Está en las hendiduras vacías de una muralla que ya no necesita cerrarse, en las fachadas que han sobrevivido a varias generaciones, en el desgaste áspero de un escalón de piedra vieja. Está en los lugares por los que han pasado cientos de vecinos sin que nadie haya dejado constancia escrita de sus nombres.
No sabemos quién cruzó por debajo de San Vicente en el invierno del treinta y seis. Ni quién se detuvo a tomar aire apoyado en la mampostería al subir del río. Ni qué conversaciones tuvieron lugar en esa esquina antes de cruzar el umbral del pueblo. Ni qué cosas se dijeron y cuáles decidieron callarse para siempre.
Y, sin embargo, algo permanece.
Tal vez eso sea el silencio de los pueblos: no la ausencia de voces, sino la presencia de todas las que ya no podemos escuchar.
Ademuz tiene muchos de esos silencios. Y por eso, cuando camino por sus calles, procuro hacerlo despacio. Hay lugares que exigen que uno baje el ritmo para empezar a verlos.
Este es, sin duda, uno de ellos.



Palabras muy bonitas sobre ese gran desconocido, Ademuz y todo el Rincón. En Valencia, preguntas y diceN: Ah Si!! La pista de Ademuz. Me ha encantdo leerlo.