Cuando fuimos los mejores

Hay fotografías que no necesitan explicación porque lo dicen todo a la primera: la luz, las miradas, las risas improvisadas y la manera en que la gente se acomoda sin que nadie la haya colocado. Esta es, sin duda, mi favorita. Transmite algo que la escritura no alcanza a encerrar del todo y cautiva a cualquiera que se detenga a mirarla.

La verdad visible.
Decía Robert Capa que no hace falta recurrir a trucos para fotografiar, que no hay que hacer posar a nadie ante la cámara; que las fotos están ahí, esperando a que las hagas, y que la verdad es siempre la mejor fotografía. Este es nuestro caso.
No sé quién la hizo. Diría que Javi, pero aparece en primera fila. Javi era una persona imponente, en estatura y en carácter, y llevaba siempre su réflex colgada al cuello como quien lleva el documento de identidad; lo más probable es que la dejara preparada con trípode y retardo y corriera a meterse en el encuadre. Qué más da. El resultado es el que es, y eso es lo único que importa.
Cuarenta y dos personas y una guitarra. Sí, los he contado. Y aun siendo tantos, no estamos todos. Los recuerdo perfectamente a cada uno.
Pienso ahora en lo que costaba mover a semejante grupo hasta una fuente en mitad del monte, con los medios de entonces. Un flamante Renault 5 blanco. Un Seat 850 heredado de unos padres que ya no lo necesitaban. Varias furgonetas que compaginaban las labores agrícolas con el transporte juvenil, que era una reconversión perfectamente razonable. Y las motos: una Puig Minicross, unas Cobra y Réplica, un par de Derbis, una Montesa, una Lambretta, una Mobylette. Y bicicletas para los valientes o para los que no tenían otra opción, que en aquella época venía a ser lo mismo.
Una vez allí, la verdad es que no hacíamos nada. Trepábamos a los árboles y nos empujábamos. Nos mojábamos con el agua de la fuente. Cantábamos canciones protesta y de amor con Pedro Diego y su guitarra, que sonaba igual de bien en Jórgola que en cualquier escenario más ambicioso. Era suficiente. Era más que suficiente.
Hay momentos que se quedan a vivir en la memoria para siempre. No hacíamos nada importante, salvo ser jóvenes. Ahora, con los años ya vividos, veo con claridad que en apariencia no hacíamos nada, pero era un «nada» tan lleno de todo que nos preparó para la vida sin que lo supiéramos. Nos enseñó a estar con la gente que queremos. A no necesitar demasiado para pasarlo bien. A entender que el sitio importa mucho menos que con quién lo compartes. Y, sobre todo, a comprender que hay tardes que no tienen precio, precisamente, porque no nos costaron nada.
Poco después de aquel día empezó la dispersión. Por edad, por ganas de ver otras cosas, por novias y novios y por las mil razones pequeñas que tiene la vida para separar lo que estaba junto. No hubo despedida ni fecha. Las pandillas no se disuelven: se diluyen, como el azúcar en el agua, sin ruido, hasta que un día miras el vaso y ya no queda rastro.
Durante muchos años pensé que la foto era exactamente eso: una foto. Un documento del pasado, archivado por el tiempo con su eficiencia implacable.
Me equivoqué. El 7 de agosto, en la plaza, muchas de esas cuarenta y dos caras estaban allí otra vez, cuarenta y cuatro años más tarde, haciendo cola. Resulta que aquello no era un documento del pasado, sino una lista de invitados que tardó media vida en confirmarse.
Si quieres saber cómo llegamos hasta aquella fuente —y, sobre todo, cómo hemos vuelto—, puedes leer gratis el primer capítulo de Una Máquina Sin Frenos en la sección de la web.



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