El pueblo que se visita y el pueblo que se vive

Actualizado: 30 ago
Pasado el alto de la Montalbana, el que separa Tuéjar de Titaguas, la carretera se descuelga en unas cuantas curvas y luego se estira en una recta larguísima. El pueblo no aparece hasta el final de esa recta, cuando uno ya casi ha dejado de esperarlo. Todos los que subíamos de Valencia conocíamos ese momento: las curvas, la recta, y Titaguas al fondo, como si el pueblo se hiciera de rogar.

Hay una foto de aquellos años, justo en lo alto, antes de la bajada. Un 4L parado en el arcén, con matrícula de Valencia. La gente ha bajado a hacerse la foto con el cartel del alto, 748 metros, que es lo que se hacía: llegar a la Montalbana y retratarse allí, como quien planta una bandera. Agosto, seguramente. Casi siempre era agosto.
Ese coche parado soy yo, o es mi padre, o es cualquiera de los que subíamos cada verano por esa carretera con la ropa de la temporada en el maletero y las ganas de llegar. Subíamos en julio y bajábamos en septiembre, y en medio quedaba un pueblo lleno: la plaza sin un hueco, la piscina a rebosar, el bar sin una silla libre. Quien pasara por allí un quince de agosto se llevaría la impresión de un sitio próspero, vivo, con futuro por delante.
Y sin embargo aquel coche solo estaba de paso, aunque volviera cada año. Nos hacíamos la foto con el cartel precisamente porque no éramos del pueblo: el que es de un sitio no se retrata en su frontera. Se retrata el que llega. El que llega y, tarde o temprano, se va.
Porque lo que sostiene un pueblo no es el que sube en agosto a hacerse la foto. Es el que está dentro de la foto sin saberlo, al fondo, viviendo: el que no ha bajado a retratarse con el cartel porque para él ese cartel no es un recuerdo, es su casa. El que en septiembre, cuando los demás bajamos la Montalbana de vuelta a Valencia, sigue allí. El que abre el bar en octubre aunque entren cuatro, y lo vuelve a abrir en noviembre, y en diciembre, todos los días, para los mismos cuatro. A ese no se le ve en agosto porque en agosto se confunde con el gentío. Solo se le distingue en invierno, cuando ya no queda nadie con quien confundirlo.
Y esa es toda la cuestión, la que llevo años dándole vueltas sin saber nombrarla hasta ahora: un pueblo que se visita y un pueblo que se vive son dos cosas distintas. A veces contrarias. El que se visita se mide por lo que se ve un día señalado, con el cartel de fondo y la foto hecha. El que se vive se mide por lo que queda un martes cualquiera de febrero, cuando ya no viene nadie a mirar y no hay foto que hacer.
Lo pensé este verano, presentando Una máquina sin frenos en Calles, un pueblo siempre presente en mi vida. Vino muchísima gente y fue una alegría enorme. Pero, mirando bien la plaza, pocos de los que la llenaban vivían ya allí. Éramos los del coche parado en el alto: hijos y nietos repartidos por la ciudad que volvemos en verano, en fiestas, para un entierro o para una presentación. Volvemos con un cariño de verdad, del que no se finge. Pero volvemos de visita. Y al día siguiente, la maleta otra vez, y la carretera al revés.
Un pueblo no se sostiene con los que volvemos. Se sostiene con los que no se fueron.
Se habla mucho del turismo rural como salvación de estas comarcas, y estará bien: que un edificio viejo se haga albergue, que suban senderistas, dejen unos euros en el bar y se marchen al día siguiente. Bienvenido sea. Pero conviene no confundir la postal con la vida. Convertir un pueblo en un sitio bonito donde otros pasan una noche no es lo mismo que sostener un pueblo donde alguien nace, trabaja y se queda. Lo primero llena la caja unos meses. Lo segundo llena la escuela en septiembre, que es la única cuenta que de verdad dice si un pueblo tiene mañana: cuántos niños hay cuando empieza el curso y ya se han ido los coches de agosto.
No tengo recetas ni voy a darlas. Pero tengo una imagen fija, la de aquel coche parado en el alto con la gente haciéndose la foto, y una certeza que sale de ella: durante años yo creí que aquel pueblo al que subíamos cada verano era el pueblo. Y no lo era. Era el pueblo en agosto, que es otra cosa. El pueblo de verdad estaba al final de la recta todo el año, también en febrero, con la plaza vacía y cuatro persianas subidas, esperando que en julio volviéramos a llenarlo de coches y a confundir su reflejo con su vida.
Los pueblos de nuestra Serranía no necesitan más coches parados en el alto haciéndose la foto. Necesitan más gente al final de la recta que no se vaya en septiembre.
Y eso no lo arreglan las guías de turismo, sino la terquedad de los que se quedan cuando los de fuera ya hemos vuelto a la ciudad. Los que mantienen la luz encendida al fondo del valle. Para que el que quiera volver algún día encuentre todavía un pueblo, y no un decorado precioso al final de una carretera.



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