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El tío Pillín

Foto del escritor: Enrique Domingo Pérez
Enrique Domingo Pérez
2 sept
3 min de lectura

Estaba siempre de rodillas.

No de rodillas de rezar: de rodillas de trabajar, que es otra postura y otra cosa. Menudo, enjuto, con su sombrero de paja inseparable, se pasaba la jornada entera agachado delante de una pared que iba creciendo a razón de una piedra cada vez. Yo tenía diecisiete años, dos veranos de brigada y la convicción, muy propia de esa edad, de que colocar piedras no podía tener demasiado misterio. Se coge una, se pone, se coge otra.



Cada vez que yo me aventuraba a colocar alguna, al tío Pillín se le escapaba una sonrisilla.

Nunca me dijo que estuviera mal. Se acercaba y me explicaba cómo había que ponerla. Sin condescendencia y sin darle importancia, con esa naturalidad del que sabe una cosa y no encuentra ningún motivo para no compartirla. Después volvía a lo suyo y yo me quedaba mirando mi piedra, ahora bien puesta, sin entender del todo qué había cambiado.

Porque no había método. Eso es lo que tardé en comprender. No existía una regla que él pudiera darme y yo aprenderme. Había ojo: miraba un montón de piedras partidas con la maza, todas parecidas y todas distintas, y sabía cuál iba en el hueco que tenía delante. La buscaba, la giraba dos veces en las manos y la dejaba caer en su sitio como quien encaja una pieza en un hueco que llevaba toda la mañana esperándola.


Tres segundos tardaba. No más.


Y a mí me daba por pensar de dónde venía esa piedra. Porque esa piedra había estado dentro de la montaña miles de años, puede que más, nadie lo ha contado nunca. Estuvo allí antes de que hubiera un barranco, antes de que hubiera nadie que pudiera llamarlo barranco. Hasta que un día la arrancaron, la subieron al volquete del Fuertes, la partieron en tres con la maza, y vino a parar a aquel montón para pasar por las manos de un hombre pequeño con sombrero de paja que la miró tres segundos y decidió, sin pensarlo mucho, que su sitio era exactamente aquel. Nadie la había mirado nunca. Nadie volvería a mirarla ya.

Y no era estética. En un dique, la piedra equivocada es un problema serio: si los laterales no quedan bien apoyados en las paredes del barranco, una avenida fuerte se lo lleva entero, y el trabajo de días desaparece en cuestión de horas. Nosotros levantábamos el muro. Él decidía si iba a seguir en pie.


Un día me vio las manos, con los callos abiertos y las rojeces de las primeras semanas, y me dio su receta: orinarme en ellas y dejarlas secar. Puede sonar a bestialidad. Hoy se venden en las farmacias cremas de urea que hacen exactamente lo mismo, y a nadie le parece mal porque vienen en un tubo. Funcionaba. Lo sé porque lo probé.


Aquello era un conocimiento entero: práctico, comprobado durante generaciones, gratis, y sin una sola línea escrita en ningún sitio. Un saber que no se transmite explicándolo, sino haciéndolo delante de alguien las veces suficientes. Que es también la manera más frágil de guardar algo. Porque cuando se muere quien lo lleva dentro, se muere con él.


Los diques siguen ahí. Han aguantado cuarenta y tantos años de riadas y de tormentas de agosto, de esas que bajan por la rambla arrastrando cañas, ramas, ruedas y todo lo que se les pone por delante, y ninguno se ha movido. Quien pasa hoy por esas ramblas no sabe quién los levantó, y tampoco le hace falta saberlo. Pero si un día se cae uno, ya no habrá quien lo vuelva a levantar igual.


El tío Pillín no escribió nada.

Pero hay un punto exacto del espacio, en un barranco de la Serranía, donde una piedra sigue ocupando la posición que le asignó, una mañana de agosto, la mano de un hombre que se llamaba Pillín, o al que llamábamos Pillín, y que llevaba sombrero de paja.

Ahí sigue. Y ahí va a seguir.




Un retrato más de la gente que estuvo. Porque los pueblos no se recuerdan: se recuerda a quien estaba en ellos.

 
 
 

2 comentarios


Vicente Ramón Feliu
hace 3 minutos

Vidas que ya no existen. Otra época. Si nostalgia, diferente, más dura pero mas nuestra.

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Maria Rosa Gálvez Lluch
Maria Rosa Gálvez Lluch
07 sept

Me ha encantado esta historia. Personas reales, oficios reales. Ya no quedan. Enhorabuena por el relato y por como escribes.

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