Cuando bailábamos lento

A la una de la mañana, poco más o menos, Santiago o Emilio hacían una cosa en la cabina y el sótano entero se enteraba sin que nadie dijera nada. Bajaban las luces. Bajaban también el volumen, lo justo para que se pudiera hablar cerca de una oreja. Y entonces la bola de cristalitos del techo, que llevaba toda la noche dando vueltas sin que nadie la mirase, se quedaba de pronto con todo el protagonismo del local.

Encendidas quedaban dos cosas: la bola y la luz negra del fondo.
La luz negra era aquella cosa violeta que no iluminaba absolutamente nada y que sin embargo lo cambiaba todo. Con ella puesta no se veían apenas las caras. Se veían las camisas. Todo lo blanco del sótano se encendía por su cuenta —un cuello, unos puños, el filo de una falda, los dientes de alguien que se estaba riendo— y el resto de la persona desaparecía en lo oscuro. Uno levantaba la vista de la barra y lo que tenía delante no era gente bailando: eran camisas moviéndose solas.
Y lo mejor del asunto, que yo no supe hasta mucho después, es que no brillaba la camisa. Brillaba el jabón. Los blanqueadores que llevan los detergentes son los que reaccionan con esa luz. Así que lo que lucía en la pista de la Sibium a la una de la mañana, lo que nos hacía a todos un poco más guapos de lo que éramos, era la colada de nuestras madres.
Aquello duraba una hora. Una hora exacta de la que dependía la semana entera de bastante gente.
Lo primero que pasaba era que la pista se reorganizaba sola. Nadie lo había escrito en ningún sitio y todo el mundo lo sabía: los que habían estado saltando se retiraban hacia la barra, y de la barra salían otros en dirección contraria. Era un movimiento ordenado, casi educado, y si te fijabas se veía venir con tres minutos de antelación, porque los que iban a salir dejaban el vaso antes de tiempo y se pasaban la mano por el pelo.
Yo me quedaba en la barra. No era muy bailongo, nunca lo fui, y además había descubierto una cosa que entonces no supe explicarme y que ahora sí: me gustaba más entender cómo funcionaba aquello que participar. Hay gente que nace para estar dentro de la fiesta y gente que nace para saber de qué va la fiesta. Yo tenía dieciséis años y ya estaba claramente en el segundo grupo.
Y desde la barra se veía todo.
Lo importante, y es lo que más le cuesta creer a quien no lo vivió: allí no se hablaba. No había conversación previa, ni acercamiento, ni frase preparada, ni nada que se pareciera ni de lejos a eso que ahora podríamos llamar ligar. Se cruzaba la pista, se llegaba delante y se decía una palabra.
—¿Bailas?
Una. Y ella contestaba con otra, y muchas veces ni siquiera con una: con un movimiento de cabeza que valía por todo. De manera que aquello, que decidía la semana entera de bastante gente, se resolvía en dos sílabas y un gesto de barbilla.
El no, por si alguien se lo pregunta cuarenta años después, no significaba nada más que lo que decía. No quiero bailar. Ni había explicación, ni se esperaba, ni hacía falta. Lo único que tenía de terrible es que se daba en público.
Porque desde la barra se veía, por ejemplo, que no se caminaba igual a la ida que a la vuelta. A la ida iban deprisa y mirando un punto fijo. A la vuelta, si había habido un no, volvían por el mismo sitio y tenían que recorrer otra vez los catorce pasos delante de todo el mundo, y eso no se podía disimular de ninguna manera. No había puerta por la que salir ni teléfono al que mirar. Solo catorce pasos de vuelta y el resto de la hora apoyado en la barra con una cara de no pasa nada que no engañaba a nadie, empezando por uno mismo.
Se veía también, y esto era lo bueno, que la distancia entre dos personas era un idioma. Y se leía a distancia, porque con aquella luz lo blanco se movía solo en lo oscuro y marcaba sin fallo dónde estaba cada cual. Un brazo completamente estirado quería decir una cosa. Un brazo medio doblado quería decir otra. Y una pareja bailando con la cabeza de ella apoyada en el hombro de él, en la primera canción y no en la tercera, era una noticia que al día siguiente estaba en todo el pueblo sin que nadie la hubiera contado. Allí no hacía falta anunciar nada. Se anunciaba solo, a oscuras, en metro y medio de pista, y todos lo leíamos perfectamente.
Y había una cosa más, que es la más fea de todas y la que nunca se cuenta cuando se habla de aquello con cariño. Casi nadie sacaba a bailar a la que le gustaba. Se sacaba a la que uno calculaba que iba a decir que sí, que no es lo mismo ni se le parece. Ir a por la primera tenía mérito de verdad, porque multiplicaba por tres las posibilidades de volver andando los catorce pasos, y había quien lo hacía y había quien no. De manera que buena parte de aquellas parejas que se formaban a la una y media no eran el resultado de un deseo. Eran el resultado de un cálculo de probabilidades hecho por un chaval de dieciséis años apoyado en una barra.
Aprendí todo eso en año y pico de barra. Me sabía las reglas de memoria. Sabía quién iba a salir antes de que saliera, sabía a quién le iban a decir que no y sabía incluso cuál de las tres canciones era la buena, porque la primera se gastaba en acercarse y la última en separarse y la de en medio era la única que contaba de verdad.
Y una noche de agosto crucé.
No voy a decir de cuál de las dos clases era la mía. En parte porque no me parece que le importe a nadie, y en parte, que es la razón verdadera, porque a estas alturas ya no estoy seguro: a los dieciséis años uno no distingue bien entre lo que quiere y lo que cree que puede conseguir, y después se pasa la vida contándose la versión que le deja mejor.
Catorce pasos para decir una palabra. Visto fríamente, es el peor reparto de esfuerzo que se ha inventado nunca: toda la noche preparándolo, año y pico estudiándolo, y al llegar allí lo único que había que hacer era abrir la boca una vez.
De la canción me acuerdo y no la voy a poner aquí, porque cada uno tiene la suya y no hay ninguna que sea mejor que las demás. De lo que me acuerdo de verdad es de los catorce pasos. Me acuerdo de que el suelo estaba pegajoso, de que la música me llegaba distinta según avanzaba, y de que llevaba año y pico calculando aquello y no me sirvió absolutamente de nada. Todo lo que había aprendido mirando se quedó en la barra. A la pista llegué igual de desarmado que cualquiera.
Dijo que sí.
Y de la canción, que duró lo que duran esas canciones, no recuerdo prácticamente nada. Ni lo que hablamos, ni si hablamos. Recuerdo la ida y recuerdo la vuelta, que esta vez fue despacio y sin mirar un punto fijo. Lo de en medio se borró, y he tardado cuarenta años en entender por qué: porque desde dentro no había nada que leer. Aquella hora yo la conocía como espectador, y en cuanto entré dejó de ser un espectáculo y pasó a ser una cosa que me estaba pasando a mí, que es un género para el que yo no tenía entrenamiento ninguno.
Y al sábado siguiente yo estaba otra vez en la barra. Conviene decirlo, porque si no parece que aquello fue el principio de algo, y no lo fue. No me convertí en bailongo, ni en lanzado, ni en nada. Crucé, salió bien, y volví a mi sitio, que era desde donde yo entendía el mundo. Hay gente a la que un acierto le cambia el carácter. A mí me lo confirmó.
Después, poco a poco, el lento se fue.
No lo prohibió nadie. Simplemente dejó de hacer falta. Las pistas se volvieron continuas, la noche se estiró hasta el domingo, la música pasó a no tener pausas y una hora de quietud en mitad de la madrugada se quedó sin sitio. Se fue como se van las cosas que no se defienden, sin que nadie se diera cuenta el día exacto.
A mí me parece que lo que se perdió no fue el baile. Lo que se perdió fue el sistema. Aquella hora era, aunque suene exagerado, una institución completa: tenía horario, tenía reglas, tenía sanción pública para el que fracasaba y tenía premio público para el que no, y todo el mundo, absolutamente todo el mundo, la entendía sin que se la hubieran explicado. No conozco muchas cosas de las que se pueda decir eso.
Lo pienso alguna vez, cuando me acuerdo del sótano aquel al lado del río, con sus cortinas rojas y su frescor de agosto. Los que bailaban aquella hora no se acuerdan demasiado, y es normal: estaban ocupados. Los que mirábamos, en cambio, nos acordamos de todo. De cómo bajaba la luz, de cómo se vaciaba la barra, de quién salía y quién no se atrevía.
Y de la bola. Sobre todo de la bola, que se pasaba la noche entera girando para nadie y a la una de la mañana, de golpe, era lo único que quedaba encendido.



Verano. En un pueblo de Ciudad Real. Música disco, rumbas y para finalizar los lentos: Adamo, Triana, Alameda, Bee Gees... Y entre las chicas estábamos pendientes de quien se acercaba y quien no. La última canción era alguna de Bob Marley y era la que indicaba el cierre del baile. Gracias por compartir tus recuerdos.