Leyendo en tiempos de scroll

Actualizado: hace 2 horas
Artículo publicado en Diario de Teruel el 29 septiembre 2026.
Hace unos días vi una escena que no se me ha ido de la cabeza. Una familia en la terraza de un bar del pueblo, cuatro personas alrededor de una mesa y los cuatro mirando el móvil. No hablaban. Deslizaban el dedo hacia arriba, una y otra vez, con esa cadencia hipnótica que todos conocemos porque todos la hemos hecho. Arriba, arriba, arriba. En la mesa de al lado, dos hombres discutían a voces sobre la lluvia que hacía falta para que la almendra fuera buena este año, sin prisa, sin pantalla, con todo el tiempo del mundo. Dos maneras de estar en el mundo separadas por metro y medio y por una generación entera.

Tardé en enterarme de que aquel gesto tenía nombre. Me lo dijo uno de mis hijos, con esa paciencia que se gasta con los padres: se llama scroll. Fui a mirarlo por curiosidad y lo que encontré me tuvo pensando un buen rato, porque scroll, en inglés, significa rollo. Pergamino. El rollo de papiro que había que ir desenrollando con las dos manos y que la humanidad abandonó hace quince siglos en cuanto apareció algo mejor: el libro con páginas, que permitía detenerse, marcar por dónde ibas, cerrarlo y volver al día siguiente. Hemos tardado mil quinientos años en regresar al rollo. Y al regresar le hemos quitado lo único bueno que tenía, que era terminarse.
Porque así es como leemos hoy la mayoría: ya casi no leemos, deslizamos. Picoteamos frases sueltas, sacadas de contexto, escritas para arrancarnos una reacción antes de pasar a la siguiente. Y no lo digo desde la superioridad de quien está libre del vicio, porque no lo estoy: llevo el mismo aparato en el mismo bolsillo y me pilla igual que a todos, a las once de la noche, sin acordarme ya de qué había entrado a buscar.
Leer de verdad es exactamente lo contrario. Leer un libro entero, de la primera página a la última, exige quedarse. Exige aguantar unas páginas sin que pase nada, confiando en que ese silencio prepara algo. Exige seguir un pensamiento largo hasta el final sin la recompensa inmediata de un «me gusta». Quien escribe lo sabe bien: uno se pasa dos o tres años levantando trescientas páginas con la única esperanza de que alguien, al otro lado, tenga la paciencia de recorrerlas enteras. Es un pacto raro, silencioso y sin garantías, y es de las cosas más civilizadas que hemos inventado.
Frente a eso, conviene fijarse en cómo llaman las cosas los que fabrican estas aplicaciones. No hablan de lectores ni de historias: hablan de enganche, de retención, de tiempo de permanencia. Es el vocabulario de las máquinas tragaperras, y no es una metáfora mía ni una casualidad: la mecánica es la misma, la recompensa imprevisible que obliga a tirar otra vez de la palanca por si acaso. Nadie ha diseñado jamás un libro para que no puedas soltarlo a las tres de la madrugada en contra de tu voluntad.
Lo grave no es ver vídeos cortos. Lo grave es lo que le ocurre a una cabeza que solo se alimenta de eso. Una atención troceada en pedazos de quince segundos acaba siendo incapaz de sostener nada largo: ni un libro, ni una conversación difícil, ni un problema que no se resuelva en un clic.
Ni la compañía de una persona mayor. Y esto me toca de cerca, porque trabajo cada día con gente que ronda los noventa años. Nadie tiene menos prisa que ellos y nadie sabe
estar mejor sentado en una silla. Cuentan despacio, se repiten, se van por las ramas y vuelven, y tardan veinte minutos en decir algo que cabría en dos frases, porque no vienen a resumir nada: vienen a que los escuchen. Escucharlos es un ejercicio de la misma naturaleza que leer, hay que aguantar el tramo en el que no pasa nada. Cada vez veo más visitas que resisten diez minutos y sacan el móvil por debajo de la mesa. No los juzgo. Han perdido la costumbre, sencillamente, y ni siquiera saben que la han perdido.
Pienso a veces que en los pueblos conservamos, casi sin querer, un antídoto contra todo esto. No porque haya menos móviles, que los hay y muchos, sino porque aún queda la costumbre de la conversación larga, de la sobremesa sin reloj, del silencio compartido sin necesidad de llenarlo. Todavía hay quien sabe estar una tarde entera sin que pase nada, que es exactamente lo que hace falta saber para leer un libro. Esa paciencia, que en la ciudad se ha ido perdiendo, aquí todavía resiste.
No tengo nada contra la tecnología. Tengo algo contra la idea de que da igual cómo leamos, de que lo mismo da una novela que un carrusel de imágenes. No da lo mismo. Un niño que crece deslizando el dedo y un niño que crece pasando páginas no van a tener la misma cabeza, y eso deberíamos tenerlo muy presente quienes somos padres o abuelos.
La buena noticia es que esto se recupera, y no hace falta gran cosa: un libro, media hora al día y el móvil en otra habitación. Los primeros días cuesta y la mano lo busca sola. Después vuelve, sin avisar, el placer de perderse dentro de una historia y salir de ella siendo un poco distinto.
Cuando me fui de aquella terraza, la familia seguía deslizando. Los dos de la mesa de al lado continuaban a lo suyo, sin haber resuelto nada, discutiendo si llovería a tiempo. Llevaban una hora hablando de la lluvia. Y me marché pensando que ellos, sin saberlo, eran los únicos de aquella terraza que todavía sabían esperar.



Comentarios