El cementerio del pueblo

En los pueblos del interior, el camposanto es el documento más honesto que existe. Ahí está escrito, en piedra, todo lo que el pueblo fue.

En los pueblos del interior, el cementerio casi siempre está a las afueras, un poco más arriba, donde se acaban las casas. Una tapia blanca, una verja, unos cipreses que el viento no termina de despeinar. Se sube por un camino en cuesta que de críos hacíamos corriendo y que ahora se hace despacio. Desde allí se ve el pueblo entero, apretado contra sí mismo, y el pueblo, si levanta la vista, lo ve a él. Llevan así desde siempre, el uno frente al otro, mirándose.
Es el sitio más honesto que tiene un pueblo. Allí no se disimula. Están los apellidos de siempre, repetidos en las lápidas igual que se repiten en las puertas de las casas, y de un vistazo se lee quién fue de quién, quién se casó con quién, qué familias duraron tres siglos y cuáles se apagaron en una generación. No hay archivo municipal que cuente mejor la historia de un lugar. Toda cabe en tres paredes de piedra.
Y en muchos de estos pueblos pasa algo que, por más que lo vea, todavía me sobrecoge: hay más gente en el cementerio que en el pueblo. Quedan cuatro fuegos encendidos en invierno y, al lado, un cementerio lleno. Es una aritmética que no se dice en voz alta, pero que está a la vista: el pueblo de los muertos lleva años siendo más grande que el de los vivos.
Porque de aquí se fue mucha gente. A Valencia, a Barcelona, a Alemania. Los que se marcharon vuelven en agosto, a la fiesta, más blancos de piel y con coche nuevo, y da gusto verlos. Pero hay otra vuelta, la callada: la de los que suben aquí para quedarse, junto a su padre y a su abuelo, porque uno puede pasarse la vida fuera y querer, al final, que lo entierren donde todavía sabe el nombre de las calles. Y están, también, los que no vuelven de ninguna manera, y entonces un nombre se queda en la pared sin nadie que le ponga flores. Ésas son las lápidas que más dicen: las que limpia la vecina porque conoció a la familia, no porque quede familia.
Y sin embargo, fíjense. Por vacío que esté el pueblo, el cementerio está cuidado. Alguien arranca las hierbas del pasillo. Alguien arregla la verja que chirría. Cada Todos los Santos, aunque ya no vivan aquí ni veinte personas, suben cincuenta con un cubo, un trapo y unos crisantemos, a limpiar una losa y a estar un rato callados delante de un nombre. Es, si uno lo piensa, un acto extraordinario: una comunidad que se ha ido casi entera sigue poniéndose de acuerdo, sin reunión ni bando, en que a sus muertos no se les deja solos.
Yo me paso los días cerca del final de la vida, y he aprendido que lo que de verdad da miedo no es morirse. Es desaparecer dos veces: una, cuando uno se muere; y otra, la definitiva, cuando se muere la última persona que lo recordaba. Contra esa segunda muerte un cementerio sirve de poco, es verdad. Pero sirve de algo. Mientras alguien suba la cuesta, lea un nombre en voz baja y le quite el polvo a una foto, esa persona no ha desaparecido del todo.
Esta semana es Todos los Santos. Mucha gente subirá al cementerio de su pueblo, que a lo mejor ya no es su pueblo más que ese día. No lo harán por tristeza ni por cumplir. Lo harán porque limpiar la losa de alguien es la forma más antigua y más callada que tenemos de decirle que todavía lo recordamos.
Que no se nos olvide subir.



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