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Una generación entera

Foto del escritor: Enrique Domingo Pérez
Enrique Domingo Pérez
9 ago
1 min de lectura

Actualizado: 10 ago

Estoy sentado. La plaza empieza a ocuparse con ese murmullo lento de las tardes de verano en la Serranía, cuando el calor remite y la luz parece demorarse un poco más antes de retirarse. Siento un nerviosismo fino, de esos que no hacen ruido pero te aprietan por dentro.



Entonces siento unos toques en la espalda. Dos personas mayores se inclinan hacia mí y me preguntan, con esa sonrisa que aguarda a ver qué hace la memoria, si recuerdo quiénes son. Tardo unos segundos. Hasta que encajan las facciones, la mirada, el tiempo transcurrido, y los reconozco. El nerviosismo empieza entonces a cambiar de naturaleza.

Hay tardes en las que el espíritu paterno parece sobrevolar el ambiente, cobijándote, velando por que todo salga bien. Sientes esa presencia discreta, como un hilo invisible que te sostiene cuando se acerca la hora de exponerse.

La plaza de Calles se va llenando. La gente se acomoda. Nos sentamos en la mesa.



Luego llega el momento de hablar. A los tímidos siempre se nos ha dado infinitamente mejor escribir que hablar. Pero lo intento. Intento transmitir qué hay detrás de Una máquina sin frenos, de esa urgencia de la juventud y de los recuerdos que nos construyen.



Al final llega lo bueno: la cercanía. Las firmas, las dedicatorias largas porque a todos les debo mínimo una frase, los abrazos intensos de quienes han venido a acompañarte y las miradas que no necesitan explicación.

«Has hecho feliz a una generación entera, Quique», me dijo una persona al oído al acercarse para que le dedicara el libro.

 
 
 

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