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"Una máquina sin frenos": la historia del título

  • Enrique Domingo
  • 12 jul
  • 1 min de lectura

El título de este libro no lo inventé yo. Lo pronunció, hace cuarenta años y con toda la solemnidad del mundo, un hombre que acababa de bajarse de una Mobylette en un chalet de Calles.

Los amigos del Mirador teníamos dos motos, que era como tener una flota. Una Lambretta que era de mi padre y una Mobylette que era del padre de Eduardo, aunque en realidad las dos eran de todos, como casi todo en aquellos veranos.



La Mobylette tenía carácter. Y tenía, sobre todo, una peculiaridad que nosotros conocíamos de sobra y que preferíamos no comentar en voz alta. Pero el padre de Eduardo, que era un hombre concienzudo, la revisaba de cuando en cuando en el chalet. La arrancaba, daba una vuelta, y volvía con el gesto grave de un médico que trae malas noticias. Entonces pronunciaba el diagnóstico, siempre el mismo, siempre con la misma solemnidad:


—La máquina está sin frenos.


Nosotros asentíamos muy serios. Y al día siguiente, claro, volvíamos a cogerla.

Con los años entendí que aquel hombre tenía más razón de la que creía, solo que se equivocaba de máquina. La que iba sin frenos no era la Mobylette: éramos nosotros. Unos amigos, un pueblo y una forma de vivir que no conocía límites porque no sabía que los hubiera. Ese impulso —esa velocidad feliz que no pensaba en frenar— es lo que he intentado meter entre las tapas de este libro.

La Mobylette ya no existe. La máquina, os lo aseguro, sigue en marcha.


Nos vemos el 7 de agosto en Calles.

 
 
 

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